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8 de Febrero de 2012
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El hambre en los tiempos del cambio climático


No es muy aventurado predecir que el cambio climático extenderá el hambre y la malnutrición: las comunidades rurales, en especial las que habitan en ambientes frágiles, se enfrentan a un riesgo intensificado: cosechas, ganado, productos marinos y forestales, tendrán en las modificaciones climáticas un obstáculo para su desarrollo. Las repercusiones en las urbes serán instantáneas (escasez conjugada con un alza de los precios, harán de los alimentos un bien prohibitivo).

Las cifras presentadas por la FAO indican que el total de desnutridos en el mundo se eleva ya a 963 millones; 40 millones de personas han sido aproximadas al hambre desde el último registro realizado en el 2007. Por desgracia, las perspectivas son desalentadoras: el calentamiento global sumado al alza del precio de los alimentos y la actual crisis económica y financiera, pueden conducir todavía a más gente hacia el hambre y la pobreza.

La cotidianeidad de los episodios climáticos extremos tendrá un impacto negativo en la disponibilidad de las materias primas salubres, incrementando la inseguridad alimentaria de la población.

En un planeta más cálido, mientras las regiones lluviosas, como el Ecuador, y las latitudes elevadas registrarán una intensificación de las lluvias, las zonas de escasas precipitaciones sufrirán aún más sequías. De todas formas, el clima se volverá más errático, dificultando la previsibilidad meteorológica.

Por otro lado, sólo a determinadas temperaturas y condiciones de humedad florecen enfermedades y plagas en seres humanos, animales, y plantas; es decir: el incontrastable e inevitable aumento de la temperatura en las próximas décadas vislumbra un complejo horizonte en la salud de las especies.

Océanos, mares, lagos, ríos y arroyos sufren el impacto del calentamiento global; los recursos pesqueros ya están amenazados por la conjunción del accionar depredador del hombre y el alza de las temperaturas (la temperatura a la que están sometidos los peces durante su desarrollo temprano es lo que determina el sexo: la elevación térmica supondría el ocaso de muchas especies).

De todas formas, aún estamos a tiempo modificar las desalentadoras perspectivas. Por ejemplo, la agricultura, que contribuye al cambio climático con más del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero, puede, ser un actor fundamental en el combate del cambio climático: no solo al reducir sus emisiones, sino que también un buen manejo de las pasturas y las tierras cultivables posibilita secuestrar cantidades significativas de carbono.

Lamentablemente, la mitad de los suelos cultivables ya están degradados debido al accionar humano: agricultura intensiva, deforestación, contaminación industrial alteran la composición físico-química de los suelos impidiendo que desarrollen sus principales funciones (nutrir a las plantas, filtrar las aguas, albergar una importante diversidad, etc.). En resumen, otro factor que incrementa el riesgo de un desastre humanitario provocado por la escasez de alimentos.

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