Satélite japonés para obtener la respiración del planeta

Japón ha enviado al espacio a âIbukiâ (respirar, en japonés), un satélite para observar de qué forma respira La Tierra, para lo cuál determinará tanto la concentración, la distribución y los ciclos de absorción de los gases de efecto invernadero (GEI). La contribución de este satélite será esencial para expandir el conocimiento sobre el calentamiento global.
Con un costo de aproximadamente unos 300 millones de euros, âIbukiâ fue lanzado desde el centro especial de Tanegashima, localizado en el sur de Japón, a bordo de la nave H-2A; superado el perÃodo de prueba y ajustes, el satélite realizará un escáner de la superficie completa de la Tierra cada 100 horas.
Es decir, el satélite determinará, periódicamente, la cantidad de los gases de efecto invernadero en unos 56.000 lugares de la atmósfera; de esta forma, se obtendrá información exacta sobre el comportamiento de los gases, debido que hasta la fecha las mediciones eran proporcionadas por unas 283 bases terrestres, casi todas localizadas en los paÃses desarrollados.
Para obtener información precisa, âIbukiâ, cuyo peso es de dos toneladas, cuenta con dos sensores: mientras el principal capta a través de las técnicas infrarrojas la densidad de los principales gases de efecto invernadero (dióxido de carbono y metano), el otro se encargará de que la presencia de aerosoles o nubes no provoquen distorsiones en la información.
La importancia trascendental de la puesta en orbita de este prototipo la señaló el jefe del Centro de Estudios Ambientales de Japón, Tatsuya Yokota, a los medios de comunicación: âEl satélite proporcionará la primera medición uniforme de todo el planeta, observando el mismo punto cada tres dÃasâ.
Pero al mismo tiempo, el satélite, en colaboración con el proyecto estadounidense del Observatorio Orbital de Carbono, será fundamental para despejar una gran incertidumbre: se sabe que una parte de las emisiones de dióxido de carbono se acumulan en la atmósfera y otra parte es absorbida por océanos y bosques, pero se desconoce a dónde va el dióxido restante.
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