¿Son compatibles los agrocombustibles con la seguridad alimentaria?

Durante milenios la agricultura suministró alimentos, piensos y vivienda; sin embargo, la agonía de los combustibles fósiles impulsaron a empresas y gobiernos a indagar en la producción de agrocombustibles (denominados también biocombustibles), como el etanol y el biodiesel, que se cultivan en hectáreas antes destinadas a los alimentos, los piensos y las viviendas. La consecuencia: alza en los precios de estos bienes indispensables para el ser humano.
Pero otro factor torna más compleja a la ecuación: el clima cambia. Los efectos del calentamiento global se traducen en pérdidas en la productividad agrícola y pecuniaria. Los ejemplos son cotidianos: un alza del termómetro moderada, así como la intensidad mayor de las sequías y las inundaciones, pueden reducir considerablemente las cosechas.
En los últimos años, el desarrollo de las potencias emergentes ha permitido que millones de personas puedan disfrutar de una alimentación más balanceada al ingerir carne y lácteos; sin embargo, el ganado que se cría para el consumo de carne consume grandes cantidades de pienso: las hectáreas disponibles para satisfacer las necesidades básicas de la población disminuyen.
Alimentos y agrocombustibles compiten por el mismo territorio: es muy categórico el análisis de esta disyuntiva que plantea Jacques Diouf, Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación:“Los cereales necesarios para llenar de etanol el tanque de gasolina de un vehículo deportivo utilitario (con 240 kilogramos de maíz se obtiene 100 litros de etanol puro) pueden alimentar a una persona durante un año”; supervivencia frente a super vivencias… contrastes de esta sobremodernidad.
Ahora bien, no sólo existe la disyuntiva entre utilizar las hectáreas para satisfacer las necesidades de alimentación de millones de habitantes del planeta o producir energía para movilizar a la industria y el comercio, sino que también la deforestación de bosques y selvas promovida por el incremento del precio de las materias primas agrícolas, provoca la emisión de gases de efecto invernadero: las consecuencias son percibidas en todas las zonas del planeta debido al calentamiento global.
Lo incuestionable es que las superficies agrícolas cultivadas para producir agrocombustibles ya suman 1.400 millones de hectáreas; la producción mundial en 2007 fue de 47,4 millones de toneladas (39,5 millones corresponden a la producción de bioetanol y 7,9 millones a la de biodiésel).
La inseguridad alimetaria parece discurrir en paralelo al incremento de la producción de los agrocombustibles; por lo tanto, no es de extrañar que día tras día se expanda el subconjunto de personas desnutridas: según estimaciones de la FAO son más de 850 millones de personas las que en el planeta carecen de acceso a una cantidad suficiente de alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo activo y sano.
Artículos relacionados:
