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8 de Febrero de 2012
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Los peligros inherentes al incremento del consumo de carnes

El consumo de carnes se ha expandido por todo el planeta, lo cual implicó dos modificaciones peligrosas para el desarrollo sustentable del planeta: por un lado, la revolución carnívora influyó en el aumento de los precios de los granos; por el otro, la ganadería es una actividad que implica riesgos peligros para el medio ambiente.

Antes de desarrollar estas premisas, es indispensable realizar una aclaración: no es la finalidad de estos escritos censurar los regímenes alimentarios de cuantiosas poblaciones que ahora pueden permitirse ingerir carnes (ejemplos paradigmáticos: China e India).

Asimismo, no se puede desconocer que las poblaciones no solo ingieren carne como un acto fruitivo, sino que también estos alimentos proporcionan nutrientes esenciales para un desarrollo saludable, cuya absorción de fuentes vegetales es dificultosa (aunque no imposible).

El aumento del precio de los granos que se registro antes del cataclismo financiero internacional, tenía como promotores a la revolución carnívora y al auge de los agrocombustibles.

Si la demanda de tierras cultivables para producir combustibles ya había reducido la seguridad alimentaria de millones de individuos, la revolución carnívora empujó a otros millones hacia el subconjunto de los hambrientos.

El problema es sencillo, pero su solución compleja: la cría de ganado utiliza gran cantidad de cereales que podrían satisfacer las demandas de alimentos de los desnutridos; las cifras señalan las disparidades: para producir un kilo de carne de vaca se precisan entre 8 o 9 kilos de cereales.

Sin embargo, el crecimiento económico de China e India empujo a sus poblaciones a modificar sus dietas: al mismo tiempo que China incrementaba en más del doble el consumo de carne per capita en menos de tres décadas, India multiplicaba por once su consumo de pollo desde 1990. Más aún, las perspectivas indican que el consumo de carnes se incrementará en ambos países.

Por otro lado, las organizaciones internacionales alertan sobre los riesgos medioambientales inherentes a una explotación intensiva de los recursos naturales para criar animales.

La cría de animales es el mayor impulsor de la extinción de los bosques: la rentabilidad de esta producción induce a suprimir grandes extensiones de bosques naturales para sustituirlos por tierras destinadas a la ganadería (el fenómeno se ha intensificado en la última década en todas las latitudes).

Otro factor de riesgo es la degradación de los suelos a consecuencia de la ganadería intensiva: según informa la FAO un quinto de las tierras dedicadas al pastoreo se están transformando en desiertos.

Sin embargo, aún hay más: las emisiones de gases de efecto invernadero de la cría de ganado son cuantiosas; en Uruguay, por ejemplo, las vacas son el mayor productor de gases de efecto invernadero, ya que producen metano: gas que calienta hasta 21 veces más la atmósfera que el dióxido de carbono.

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